Símbolos y trapos

Andrés MaestreNo seré yo quien pida aplicar medidas coercitivas contra la libertad de expresión. Como Voltaire, también “abomino sus palabras, pero daré la vida por defender que tenga derecho a decirlas”.  Es la Liberté, Égalité y Fraternité proclamada por la Revolución Francesa a finales del XVIII; la libertad de expresión.

El humor es una de las más ingeniosas formas de comunicar pensamientos y transmitir ideas. En momentos de represión han surgido algunos de los más grandes humoristas que supieron deslizar sus mensajes a través de pícaras historias no detectadas por la censura. También lo hicieron escritores, cineastas, pintores, poetas y cantores. Y en esto hay modas. Frente a la creatividad inteligente de unos pervive el chiste fácil de otros. Frivolizar con el horror de la Guerra Civil a través de historias cotidianas de inteligente sello arranca carcajadas y no insulta a nadie —pese a lo duro del trasfondo—. Contar historias paralelas al mensaje subliminal —con entrañables personajes—, manejar con maestría el absurdo, exagerar los estereotipos o caricaturizar a la sociedad con parodias seriamente estudiadas para hacer reír sin ofender, son muestras de la inteligencia creativa que nos dejaron geniales maestros de ese arte. Las técnicas del humor son muchas, y cuando se agotan unas, otras afloran. ¿Reírse «de» o reírse «con»? A falta de ingenio, la primera funciona más que la segunda.

A mí eso de Dani Mateo de sonarse los mocos con la bandera de España me parece excesivo

Será que me estoy quedando desfasado, pero es que la última tendencia del humor moderno que provoca odios… pues no lo pillo. ¿Humor negro? ¿Libertad de expresión? ¿Creatividad del pensamiento? Es posible que el concepto reúna esas características, pero a mí eso de Dani Mateo de sonarse los mocos con la bandera de España me parece excesivo. Como si lo hubiera hecho con la del Barça, la de Andalucía, la del País Vasco, la del Hércules o la de las Hogueras de San Juan de Alicante. Me decepciona como el chiste de Irene Villa, el de Miguel Ángel Blanco, la frivolización con los sentimientos religiosos u otras gracias de similar patrón.

Vivo en una ciudad pequeña, rodeado de símbolos que me hacen sentirme orgulloso de mi entorno. Me afano en transmitir algunos de esos valores a los míos, con la consecuente proporcionalidad y con la empatía de que hay que abrirse al conocimiento de otros. Presumo de elementos de mi tierra —como El Principito de su rosa— y me confieso forofo de las cosas cotidianas que me rodean. Creo en los emblemas que representan mis valores y mi pequeño mundo.

Si una bandera es un trapo, una fotografía es un trozo de papel, una talla religiosa es un palo de madera, un lazo un pedazo de cinta y un escudo es un dibujo coloreado ¿qué narices hacemos con las identidades, los recuerdos, las costumbres, los sentimientos y los principios? Las palabras, las acciones y los símbolos tienen significado. Escupirle a un escudo, limpiarse con una foto –o quemar un ejemplar de la Constitución-, despreciar un concepto cultural —o insultar a un grupo— genera en el otro decepción, rabia y —en muchos casos— respuesta desproporcionada a la ofensa.

Los insultos y las muestras de animadversión a los símbolos nacionales se sobredimensionan y, lo que parecía un sketch de humor, se convierte en una muestra más de las dos Españas de Machado

Luego vienen las apelaciones a la libertad, a las malinterpretaciones del otro y al arrepentimiento —provocado por la retirada de sponsors publicitarios, claro—. Y se genera en las redes sociales una trifulca mayor a la inicial. Los insultos y las muestras de animadversión a los símbolos nacionales se sobredimensionan y, lo que parecía un sketch de humor, se convierte en una muestra más de las dos Españas de Machado —“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”—. Seguimos en un país de dos bandos, donde hay que alinearse con una de las partes.

En sus disculpas forzadas —yo lo he entendido así— Mateo dice en Twitter que en España hace falta hablar más. Le escribe a Pedro García Aguado que “es necesario que cambiemos banderas por palabras”, cuando este le reprocha que “si solo sabes hacer humor faltando a las personas y a sus símbolos, no eres humorista, eres un faltón”. Y es que ya lo decía el zorro en «El Principito», “la palabra es fuente de malentendidos”, y —añado— en la era de la comunicación audiovisual, los gestos más.

Volviendo al inicio de esta columna, no seré yo quien pida aplicar medidas coercitivas contra la libertad de expresión. Pido conciencia, respeto, empatía, inteligencia, tolerancia y más sentido del humor. Humor sin cortapisas, pero sin provocaciones absurdas al sentimiento de las personas. Lo de insultar para alcanzar notoriedad no lo ha inventado Mateo, ni Valtònyc. La telebasura del corazón introdujo hace tiempo esta práctica en su fábrica de famosos artificiales, donde gana más audiencia una pareja gritándose en plató —con tatuajes, musculitos y tetas operadas— que un concierto en directo, una entrevista a un científico, un escritor, un diseñador o un cineasta.

Por terminar con una cita, me sumo a las palabras del filósofo y escritor Michel de Montaigne: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.

 

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