El supremo y los catalanes

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNLos dos asuntos estrella de la semana: la sentencia suspendida y las visitas, las exigencias catalanas  para dar el sí a la aprobación de los presupuestos.  Siempre los nacionalistas autonómicos han exigido un canon para apoyar al gobierno central necesitado. Un “totum revolutum” en toda regla.

Estoy por pedir que me devuelvan en la Universidad de Alicante las matriculas que pagué allá por el Pleistoceno. No sé si la reclamación colará. Franco era sargento primero, si mencionabas la palabra Gürtel los oyentes ponían cara de no tener ni puta idea, Susana Díaz —afortunadamente no mandaba— estaba en la catequesis de la primera comunión, fervorosísima ella. Zaplana andaba luciendo tipo en las playas de Benidorm a la búsqueda de oportunidades de negocio, Ángel Franco ya dominaba el PSOE alicantino, sus resortes y sus porcentajes en las asambleas. A Pablo Iglesias, Casado y Rivera —Primo de— les cambiaba los dodotis y les preparaba la Milupa una chica de pueblo que soñaba con entrar en política para progresar sin dar demasiado golpe. He ahí el retrato social de la época.

Un juez estudia una conducta, la encuadra en un tipo y aplica la ley al caso concreto en el imprescindible proceso de individualización

En aquellos barracones del aeroclub —en plena faena las obras de la  facultad— me daban clases unos profesores grandísimos: Pepe Asensi, Javier Boix, Faustino Urquía, Rafael Bañón, Bernardo del Rosal,  Juanjo Díez. Jamás me hablaron de otra cosa que no fuera la ley como fuente esencial del derecho y la justicia como aplicadora de la legalidad. Un juez —decían en sus clases magistrales-— estudia una conducta, la encuadra en un tipo y aplica la ley al caso concreto en el imprescindible proceso de individualización. Hágase Justicia aunque se caiga el cielo —“Fiat justitia ruat coelum”— decía en el siglo I antes de Cristo el suegro de César, el cónsul romano Lucio Calpurnio Pisón. Parece que eso pasó a la historia.

Me quedo planchado —tirado en mi orejero descangallado—,  cuando oigo que todo un Tribunal Supremo emite una resolución y casi de inmediato la paraliza, congela su sentencia —dice Expansión— por su repercusión económica y social.  Iba el asunto del pago de impuestos en las hipotecas y la decisión —si no he leído mal— era que tal impuesto de actos jurídicos documentados debía pagarlo el banco y no el hipotecado. Hablamos de un pastón y he oído cifras de miles de millones de euros —voy a amorrarme al grifo que esas cifras me marean—. Ya he vuelto, hidratado pero sin recuperarme de la impresión.

La Banca es un poder, nadie lo pone en duda. La prensa se hace eco de la sentencia Suprema y se monta la mundial. El Supremo da marcha atrás y hasta el portavoz de Jueces para la Democracia califica de intolerable que se revise esa sentencia y se imponga la lógica del mercado a la lógica del derecho.

Las consideraciones de carácter económico y social las tiene que hacer el legislador, no los jueces

Coincido con la  Criminología Crítica desde que era un chaval. Las leyes las establecen los poderosos para seguir en sus privilegios. Los bancos parece que generan jurisprudencia y son fuente de derecho. Oigo a Rodríguez Arribas y su afirmación me parece determinante: Las consideraciones de carácter económico y social las tiene que hacer el legislador, no los jueces. A ver en que acaba este gran lío. Nos remitimos al cinco de noviembre.

He dicho muchas veces que el asunto catalán viene de muy lejos. No es cosa de ayer por la mañana. No nos podemos remontar a la época de los íberos y los romanos cuando ni Cataluña ni España existían. Vayamos solo hasta el siglo de oro. En 1640 tuvo lugar la famosa revuelta catalana conocida como “El corpus de la sangre”. Tuvo lugar un encontronazo entre unos soldados castellanos y un grupo de segadores —el nombre viene del día en que ocurrió y de ahí el himno “Els segadors”— fruto del malestar existente por el alojamiento de soldados en casas de payeses, obligados a darles cama y comida, mientras se libraba la guerra con Francia. El alojamiento forzoso de soldados en casas particulares era un grave problema, motivo de sinsabores y quejas. Hubo un alzamiento generalizado de los condados catalanes. Choca la autoridad real —poco respetada por los catalanes según J.H. Elliot— con los privilegios constitucionales de Cataluña que el rey había jurado guardar. Hay muertos por ambas partes y una de las víctimas es Coloma, el virrey. Se declara una guerra abierta  —Olivares es el primer ministro por decirlo rapidamente— y Pau Claris —un canónigo, presidente de la Generalitat, siempre la Iglesia de por medio— proclamó la República catalana y  se colocó bajo la protección del rey de Francia. Es contradictorio proclamar la república y nombrar conde de Barcelona a Luis XIII, rey de Francia. Una república rara.

El problema entre castellanos y catalanes tiene tres frentes: el político fiscal; el antropológico y el linguïstico

Dice García Cárcel que las guerras sirven para que determinados políticos impongan trágalas que son inconcebibles en tiempos  pacíficos. Olivares, centralista convencido, vio en la guerra con Francia la ocasión para dotar a la España-nación de un Estado uniforme y orgánico que no tenía, acabando con la invertebración existente. No arregló el problema por eso Ortega y Gasset sigue hablando de “La España invertebrada” y durante los siglos XIX y XX, por no ir más atrás, seguimos con el mismo asunto. Volvemos a García Cárcel para alejarnos de patrioterismos más bien analfabetos: “La dialéctica de la confrontación no se produce entre España y Cataluña. Nunca aparece el término España o españoles como adversarios en los folletos de la revolución catalana. Lo que se puso en juego fue la interpretación de la práctica política por Felipe IV y Olivares”. Ante la presión del ejército de la monarquía, Cataluña opta apresuradamente —decisión estratégica y oportunista— por unirse a Francia. O sea, no independiente, sino dependiente de uno o de otro. El problema entre castellanos y catalanes tiene tres frentes: el político fiscal —la pasta fundamentalmente—; el antropológico —no ha sido Torra el inventor del “homo catalanensis”— y el linguïstico. La experiencia francesa fue decepcionante para los catalanes y no les quedaron ganas de volver bajo la administración de la monarquía gala. Les fue peor que con la monarquía española, pese a que el Conde-Duque desarrollaba una política de unificación inspirada en Francia. Su vuelta a la españolidad no conllevó abjurar de los principios que empujaron a la separación. No fueron hijos pródigos arrepentidos.

Se extingue la dinastía de los Austria porque, con tanto cruce entre familiares, la genética se venga irremediablemente. Carlos II, aparte de una ruina psíquica —de ahí el mote de “Hechizado”— fue incapaz de tener un hijo. Llegan los Borbones —como pudieron ser otros— y vuelve a desatarse la tormenta: en la Guerra de Sucesión, los catalanes iban con los austracistas que fueron los que perdieron. Lean la novela de Sánchez Piñol, «Victus», que narra el asalto a Barcelona el 11 de septiembre de 1714.

Lean «Después del amor», gran novela de Sonsoles Ónega que cuenta perfectamente lo esencial de esos hechos históricos

La cuestión no queda —ni quedará en muchos años— definitivamente zanjada. Ahí tienen las guerras carlistas y los catalanes alineados con Don Carlos. Ahí tienen la proclamación de la República catalana  hecha por Companys en 1934 —mucho más suave que la de Puigdemont— con los políticos huyendo por las alcantarillas ante las tropas de Batet Mestres. Lean «Después del amor», gran novela de Sonsoles Ónega que cuenta perfectamente lo esencial de esos hechos históricos.

Y hasta aquí hemos llegado. La solución no es, desde luego, la que pretendía Espartero: bombardear Barcelona cada cincuenta años para mantener domesticados a los catalanes. Tampoco bombardear Barcelona como ordenó Franco a Batet. No le hizo caso y esa desobediencia, con otros desencuentros, hizo que lo fusilara tras encarcelarlo en Burgos. La venganza es un plato que se sirve y se disfruta frío.

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