De nuevo Marta Robles. Negra y criminal

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓNHace algo más de un año escribí algo así como: “No conozco a nadie que no piense que Marta Robles es una mujer de bandera. Añadiré más, yo que la conozco, tipazo, guapa y que escribe como los ángeles —si es que los ángeles saben escribir”—. Digo algo así porque la cita no es literal y no guardo nada de lo que escribo. ¿Para qué? El Síndrome de Diógenes literario no va conmigo. Después de casi treinta mudanzas a lo largo de mi vida azarosa, trashumante y desastre, me he dado cuenta de que con muy pocas cosas se puede estar a gusto. No hace falta mucho más que una maleta, como el personaje estrella creado por Marta, el detective Tony Roures.

Escribí que Marta es una mujer de bandera y me dieron la del pulpo. Unas feministas —querría tener una amigable charla con ellas— dijeron que no se podía decir de una mujer que, además de guapa, escribiera bien. Y me dieron hostias como panes y me pusieron la cruz negra y el sambenito. No me quemaron en la hoguera porque la Inquisición se extinguió con Fernando VII y a su pesar, que si no me veo hecho un torrezno pasado de vueltas por las brasas. No sé si para escribir bien hay que oler a sudor y a tabaco, tener los dientes amarillos y escasos, los rollos de grasa desbordados por encima del cinturón, gafas de culo de vaso  y el aliento tóxico. No es mi idea de un escritor@

«La mala suerte» es una obra maestra de la novela negra, con toques de ternura, sexo del bueno y una trama en la que te quedas prendido sin que puedas imaginar el final

Marta Robles nos entusiasmó con «A menos de cinco centímetros». Ahora nos vuelve a  dejar atónitos, con la boca abierta, con una nueva entrega de su detective de cabecera, Tony Roures. «La mala suerte» es, lo digo sin que nadie me pueda acusar de pelota, una obra maestra de la novela negra, con toques de ternura, con sexo del bueno, del que te pone palote al momento, y con una trama en la que te quedas prendido sin que puedas imaginar el final de ninguna manera. Hay pasajes que solo puede escribir una mujer y da fe de que no se puede ir a buscar con ansias de matar al que te pone los cuernos porque, para que los cuernos se pongan, hay algo que se ha roto mucho antes. La mala suerte te engancha desde la primera página, te pasea por la isla de Mallorca —ese paraíso difícil de soportar, ahora en portada de todos los medios por una tragedia climática— te lleva por sus calas, por su mar cristalino y turquesa, y coloca en el escaparate a una serie de personajes creíbles, normales, crueles, psicópatas e incluso bondadosos porque ni la bondad está ausente de una novela en la que las mafias, el egoísmo paranoide y el beneficio económico parecen campar por sus respetos.

Podría ser un tratado de psicología en el que se describe cómo el amor apasionado de la la juventud da paso al hartazgo, al aburrimiento y hasta a un odio africano que desea la peor muerte al contrario

Podría ser una novela de viajes por las estupendas descripciones de los paisajes mallorquines —¡qué preciosos recuerdos me trae esa maravillosa isla!—. Podría ser la novela de una erudita porque Marta se refiere al mito de Medea con la misma  facilidad pasmosa con la que cita a Cervantes, a Sthendal, a Agatha Christie, al profesor López Aranguren, a Elvis Presley o a Willy DeVille. Podría ser un tratado de psicología en el que se describe cómo el amor apasionado de la adolescencia y la juventud, ese en el que abundan las miradas de cordero degollado y en el que es inimaginable vivir sin el otro o la otra, da paso al hartazgo, al aburrimiento y hasta a un odio africano que solo desea la peor muerte al contrario o la contraria. Podría ser todo eso pero solo es una gran novela negra con todas las de la ley.

Una chica joven y preciosa desaparece en una noche mallorquina cuando camina sola hacia su casa después de haberse quitado de encima a un baboso que pretendía cobrarse en carne el transporte. La madre, una desgraciada, casada por órdenes paternas que entendían el matrimonio de la niña como parte del negocio, y divorciada, que refugia su tragedia personal en continuas copas de vino blanco con hielo, no se cree la versión de la unidad especializada de la Guardia Civil. No cree que su hija esté muerta y desaparecida sin dejar rastro. Ahí entra en escena Roures, antiguo corresponsal de guerra, antiguo periodista y detective inasequible al desaliento y a dar por sentado lo que no está claro.

Y hasta aquí puedo contar que es pecado, mucho más grave que el mortal, el destripar las novelas privando a los lectores del placer de sumergirse en sus páginas. ¡Qué baño en la piscina con la jueza, Dios mío!

En el marasmo de la política cotidiana, los vaivenes de Torra o las horteradas televisionarias que pagan a analfabetos lo que no cobran investigadores del cáncer, es una suerte contar con la buena literatura que nos llega de la mano de Marta Robles

En el marasmo y la vulgaridad de la política cotidiana, en los vaivenes de Torra y sus adláteres —tan pronto compinches como contrarios— en las horteradas televisionarias que pagan a analfabetos lo que no cobran doctores investigadores del cáncer —por ejemplo—, en los puentes con pensiones mínimas que impiden perderse por las calas mallorquinas —otro ejemplo—, en los fines de semana con el Madrid desnortado y que se empeña en alinear a un moro que no le mete un gol ni a la Puerta de Alcalá y con un entrenador que pide el cese a gritos… En estas circunstancias deprimentes es una suerte contar con la buena literatura que nos llega de la mano de Marta Robles. Lean, lean «La mala suerte» y disfruten como yo lo he hecho.

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