Lo de los catalanes viene de lejos

Manuel Avilés, escritor fondo blanco OPINIÓN¡Señor mío Jesucristo! ¡Qué semanas llevamos! Estoy temblando de miedo. Me levanto con sudores fríos a media noche y ni pienso en el uso del matrimonio porque, si fuera requerido para tal menester, no sé si con lupa, me la encontraría. Acojonado perdido me tiene la guerra de los masters, los certificados y las investigaciones académicas.

Dicen los expertos en traumas vitales y en situaciones conflictivas que tres mudanzas de casa equivalen a sufrir un incendio. En mi azarosa y ruinosa existencia —a la vista de los resultados— he cambiado de domicilio más de treinta veces. No conservo ni un papel, absolutamente de nada. Como me pidan una copia del herbolario que confeccionamos en ciencias naturales o la traducción de un cuento en latín que hablaba de San Juan Bautista —todo eso cuando andaba por los doce o trece años— me veo repitiendo la escuela primaria, que todo eso de la EGB y la ESO y no sé cuántas siglas más, son mariconadas y modernidades que se han inventado los rojos porque Franco ya estaba en las últimas y no controlaba el sistema por culpa del Parkinson y la flebitis. Ni la cartilla de la mili la conservo. Pese a haber estado dieciséis meses sirviendo a la patria tampoco eso lo puedo demostrar. Como cambien las tornas me veo declarado prófugo y haciendo garitas en el polvorín de Sardón de Duero, lo mismo que en las fechas en que se votaba la Constitución.

Confieso que copié en el examen de la Revolución Francesa, en el de Historia del Arte, en el final de Estadística de criminología y en un par de ellos de Urbanismo y reforma legal sobre los procedimientos abreviados

Tengo que confesar, para que se lo ahorren si es que quieren investigarme, que en la Reválida de cuarto, cuando el examen de ciencias, yo llevaba encima más chuletas que las que hay en la carnicería “halal” que ha abierto un moro debajo de mi piso lujoso en un populoso barrio alicantino. Confieso también, y así no gastan en investigaciones ni en dietas policiales o del CNI, que copié en el examen de la Revolución Francesa, en el de Historia del Arte cuando preguntaron por el renacimiento italiano, en el final de Estadística de criminología y en un par de ellos de Urbanismo y de una reforma legal sobre los procedimientos abreviados. No guardo copia de nada, no tengo certificado de nada, todo lo he perdido en las mudanzas con lo que es mucho más rápido confesarme directamente analfabeto, ágrafo y desocupado irremediable porque sobre eso no hay nada que investigar. “Ante facta non valent argumenta”, que decían los latinos. Paseo mi depresión política a diario por las calles de Alicante —buscando conservar un mínimo de movilidad a la vejez— a la vez que, con mi colega de infortunios, me compadezco de Pedro Sánchez, Casado, Cifuentes y no sé cuantos más que andan buscando en el baúl de los recuerdos hasta las tarjetas piadosas y el horario de la catequesis de cuando su primera comunión.

Estoy pensando seriamente retirarme de la vida pública y dejar de escribir porque con cada artículo me meto en un nuevo berenjenal

A lo que vamos. Estoy pensando seriamente retirarme de la vida pública y dejar de escribir porque con cada artículo me meto en un nuevo berenjenal. Pretendo, al escribir, hacer uso de mi derecho a participar en la acción política como cualquier ciudadano libre y jamás, ni he querido ofender a nadie ni cuestionar que cada uno tenga las ideas, las convicciones o las creencias que le vengan en gana. Hasta un cura —miembro de un aparato que no debería existir en un estado aconfesional— se me ha tirado al pescuezo y me ha llamado enemigo de España y de la Iglesia, algo que para él debe de ser sinónimo de no ser monárquico acérrimo y de derechas de toda la vida con visita anual y canto del “Yo tenía un camarada”, ante la losa que ahora quieren remover esos rojos que solo se preocupan por lo accesorio y nunca por lo esencial.

La libertad, cuando es cierta, permite ser republicano o monárquico, ateo o creyente, facha o rojo, anarquista o papista. Hasta se puede ser feo o imbécil y se es libre de serlo sin que por eso te puedan denunciar ni ponerte en busca y captura. Sí, en cambio, por traficar con influencias, dar golpes de estado aunque sea sin movimiento de tropas, participar en cohechos activos o pasivos y ser un desvergonzado que tira del dinero público como si no fuera de nadie.

Centrándome en el título del artículo, sepan quienes achacan el desmadre catalán a Zapatero, a Sánchez o incluso a Rajoy —tanta paz lleve como paz dejó—, que el “problema catalán no es de ayer por la mañana sino que viene desde mucho más lejos. Bien es cierto que el estilo Rajoy de no hacer nada y dejar que los problemas se pudran hasta que se solucionen, no ayuda. Desde Gerald Brenan en su Laberinto español hasta Pierre Vilar en su Historia de España dejan claro que los poderes periféricos asoman la cabeza y se ponen gallitos cuando los poderes centrales se muestran débiles y se vienen abajo. Es una falsedad y una trampa saducea pedir diálogo cuando de antemano sabes que pretendes la imposición de un criterio que llevas previamente asumido como inamovible. Todos los estados se han conformado en la historia a base de pactos, de traiciones, de guerras, de asesinatos, de matrimonios y de uniones contra natura, de dogmas, de papas y de herejías. Nadie puede tirar la primera piedra porque nadie está libre del pecado de la politiquería, pero un estado moderno, europeo y potente —pese a la ineptocracia que tanto ha pervivido en sus gobiernos— no puede estar poniéndose en cuestión cada vez que los Puigdemones, los Ibarretches, los Torras o los Oteguis de turno; los carlistas o los cristinos, los franquistas o los filocomunistas, asomen la cabeza tocando los cojones al personal.

Nadie puede tirar la primera piedra porque nadie está libre del pecado de la politiquería, pero un estado moderno, europeo y potente no puede estar poniéndose en cuestión cada vez que los Puigdemones, los Ibarretches, los Torras o los Oteguis de turno asomen la cabeza tocando los cojones

Para no irnos hasta el hombre de Orce o Atapuerca ni a las Cuevas de Altamira, en el asunto catalán hay que remontarse por lo menos hasta Felipe III, principios del siglo XVII. Este monarca  —según García Cárcel, noten la cita y no el plagio— “buscó articular relaciones fluidas con las élites locales de la España periférica e integrarlas en el gobierno a través de un buen aparato clientelar y de patronazgo real. El modelo funcionó bien en Cataluña y menos en Aragón y Valencia. En esta coyuntura se refuerzan las recomendaciones de la monarquía plural y la España horizontal”.

Con Felipe IV y su factótum Olivares, la situación explota. España está sumida en una profunda crisis económica: hay hambre en la calle y guerras por doquier que hay que costear. La ruina se disimula y para engañar al personal se busca un título rimbombante: Rey Planeta para un rey bastante memo. Lean El rey pasmado de Torrente Ballester y háganse una idea.

La dialéctica de confrontación no se produce entre España y Cataluña. No hay todavía conciencia de España para atacar ese concepto —ver García Cárcel y J.H Elliot—. Lo que sí hay es una beligerancia extrema contra Castilla identificada con la monarquía absolutista del rey pasmado y su valido Olivares.

Ya estamos otra vez con el eterno problema del espacio. Prometo acabar en el próximo artículo y ya adelanto que la solución no es la que proponía Espartero —el del caballo—en el siglo XIX “hay que bombardear Barcelona cada cincuenta años para mantenerla a raya”, ni la que proponía Franco en el 34 que era idéntica. La negativa del general  Domingo Batet a esa política feroz, le costó, entre otras cosas, ser fusilado por Franco cuando triunfó en su golpe.

¡Señor, llévame pronto!

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