La literatura como escape

Manuel Avilés, escritor opiniónParticipé ayer en un animado debate con Andrés Maestre, Pedro Nuño y Fernando Llopis en 12TV. Surgieron mil temas, cada uno más interesante que el anterior, y todos —de una u otra forma— relacionados con la política. El hombre es un animal político, que ya lo decía Sócrates hace dos mil quinientos años. Aunque queramos “pasar” de ella eso es algo imposible. La política es un cúmulo de mentiras, una detrás de otra; un montón de navajazos en todas direcciones —principalmente navajazos por la espalda entre los que se llaman “compañeros”— y un sinfín de trampas saduceas, intrigas y pisotones todo ello con el mismo fin siempre: perpetuarse en el sillón, vivir del momio y cobrar sin el menor sobresalto cada mes o incluso más a menudo. Véanse, por ejemplo, los papeles de Bárcenas y dese a los mismos la credibilidad que se desee según sea uno de derechas, de izquierdas, antisistema o, directamente, anarquista. Las refriegas políticas que vemos en televisión son solo de cara a la galería, mero postureo,  porque en el fondo son todos colegas con una exclusiva ambición.

Aunque queramos pasar de la política no podemos porque de ella depende el modo de educación de nuestros hijos, los tiempos de espera para que nos vea un especialista médico o el sueldo que se fija para los «curritos» de a pie

“¡Es la economía, estúpido!” Que le decían a aquel presidente americano de amores becarios. Aunque queramos pasar de la política no podemos porque de ella depende el modo de educación de nuestros hijos —políticas lingüísticas nefastas incluidas—, dependen los tiempos de espera para que nos vea un especialista médico, el sueldo que se fija para los «curritos» de a pie —que ya sabemos que los diputados y similares van por libre y se suben el sueldo unánimente cuando quieren—; dependen los tipos de interés de nuestra hipoteca y cuánto nos clavan en la declaración de Hacienda, las amnistías sobre el dinero negro y hasta que corten la luz a los pobres y tengan que alumbrarse con velas y calentarse con braseros de carbón, propiciando lo que han dado en llamar incendios por pobreza energética —¡qué figuras son poniendo nombres a las cosas para enmascararlas y que suenen bien!

No se le puede dedicar una calle a Hitler que era un genocida fascista y psicópata, ni a Pol Pot, el líder de los jémeres rojos y si hubiera una calle dedicada a Puigdemont habría que quitársela

En fin, que estaba yo en una tertulia de política —resumamos— y salió el tema de las calles a las que hay que cambiarles el nombre porque están dedicadas a personajes deleznables.  Es un tema complicado porque la historia es la historia. No se le puede dedicar una calle a Hitler que era un genocida fascista y psicópata. No se le puede dedicar una calle a Pol Pot, el líder de los jémeres rojos, dictador y genocida camboyano de infausta memoria… En el fragor de la discusión yo dije más o menos lo siguiente: “Si hubiera una calle dedicada a Puigdemont habría que quitársela porque además de tonto es un golpista”. Retiro en este mismo momento el calificativo de tonto porque no es de recibo etiquetar así a nadie.

Puigdemont es un golpista porque ha actuado contra el Estado —sin pistolas— pero sirviéndose de los instrumentos que el Estado y su estructura jurídica han puesto en sus manos. Ha retorcido esos instrumentos y manipulándolos ha intentado que el Estado se rompiese por las costuras. Luego dice que el golpe de Estado se lo han dado a Cataluña y, cayéndome Rajoy todo lo mal que me cae —él y todo su partido—, he de decir que aquí ha actuado tarde pero bien. Retiro mi calificativo de tonto a Puigdemont y ya hablaremos de su falta de capacidad de gestión otro día porque hay que ser incapaz y zote para dar un golpe de Estado y admitir después que no estaban preparados para hacerlo. El tema de las calles y la memoria es complicado y da para mil discusiones porque si hay que quitarles las calles a todos los golpistas de nuestra historia –como yo afirmé en esa tertulia— habría que borrar todas las calles de Narváez, de O´Donnell, de Espartero o de Serrano. En el siglo XIX, sin ir más lejos, pocos generales hubo que no dieran uno o varios golpes contra la pobre Isabel II que demasiada tarea tenía con sus aventuras cameras. Y me quedo aquí porque de lo contrario me voy por los cerros de Úbeda y no llego adonde quiero ir.

A finales del siglo XIX  —un siglo apasionante y urjo desde aquí a la Universidad permanente para que haga un monográfico sobre él y asistamos quienes ya hemos estado en los cursos sobre Austrias y Borbones— se instaura la primera república, tras la abdicación de Amadeo de Saboya  —macarroni para los castizos y mala leche españoles. El primer presidente, Estanislao Figueras,  viendo el desmadre y la ingobernabilidad existente,  pronunció una frase que es lo único de él que ha pasado a la historia antes de coger el tren a París sin dimitir ni despedirse siquiera: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Estoy hasta los cojones de todos nosotros: Rajoy, Puigdemont, Sanchez, Rivera, Iglesias y me incluyo a mí mismo

He ahí mi caso. Estoy hasta los cojones de todos nosotros: Rajoy, Puigdemont, Sanchez, Rivera (primo de), Iglesias y me incluyo a mí mismo que mando menos que “pichiculo” en Londres.

 ¡Señor, llévame pronto!

Antes de que eso ocurra —de mi obligado e inevitable paso por el crematorio— me refugio en la literatura, en las motos y en el coro del Colegio  de Abogados como válvula de escape. Ha caído en mis manos un libro que les recomiendo vivamente: El fuego invisible de Javier Sierra.

No soy amigo de los best sellers ni de los premios  —esos que dicen que están dados de antemano y encargados ad hoc, como los enchufes de los políticos a sus conmilitones y amiguetes—. No soy amigo de la literatura esotérica. Me gusta la novela negra y la novela histórica porque histórica y negra es nuestra existencia.

Este viernes comparto cena y tertulia con Javier Sierra, premio Planeta 2017 por “El fuego invisible”, en las Veladas literarias del Maestral, imprescindibles  para pasar y escabullirse de tanto postureo y tanta gilipollez imperante.

Javier Sierra, que sabe y escribe mucho de esoterismo, se descuelga aquí con un novelón de marca mayor. Es una novela de culto “El fuego invisible”. Como me ha dicho él mismo, esta novela requiere de un lector que ya venga leído de antemano. Hace el autor exhibición de su gran conocimiento de la historia, del arte, de las religiones y de las creencias que se han enseñoreado por el mundo desde que el hombre es tal.

¿Dónde nacen las ideas? Es una pregunta que flota a lo largo de toda la novela y de la actividad –casi es una novela de aventuras, de intriga, casi una novela negra— de su protagonista principal, David Salas, un profesor de literatura en Irlanda, que vuelve a España con un libro raro como excusa.

Es una novela difícil de sintetizar y no es mi intención reventarla. Con ella, quienes la lean, disfrutarán con el paseo por los retablos de las iglesias románicas pirenaicas, con las leyendas del Santo Grial y con las actividades del protagonista principal y de los esenciales, que lo acompañan a lo largo de las intensas casi quinientas páginas.

Este viernes comparto cena y tertulia con el autor en las Veladas literarias del Maestral, imprescindibles  para pasar y escabullirse de tanto postureo y tanta gilipollez imperante.

Si deseas aportar tu opinión sobre esta noticia, por favor, deja aquí tu comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.